Entre los muchos problemas que tiene nuestra democracia, está el de ser sólo eleccionaria: Los gobernantes, representantes y candidatos sólo se acuerdan de quienes los eligieron cada vez que hay elecciones, olvidándose que son mandatarios en el sentido de que reciben un mandato (poder) de sus electores y no de que mandan, como algunas personas creen.
En nuestro país, después de ganar una elección los elegidos se olvidan que se deben a quienes los nombraron (sus electores) y creen que por la duración del período de gobierno pueden hacer lo que les parezca, cuando en realidad tienen el compromiso -que deriva de la palabra empeñada y de las nociones más básicas de democracia- de cumplir con sus ofertas electorales y sus planes de gobierno. Aunque esto es bastante obvio, para la clase política -acostumbrada a mentir descaradamente durante los períodos electorales en aras de buscar votos- es un deber que prefieren no tratar, ni mencionar. La costumbre de hacer politiquería y no verdadera política los gana y se preparan planes de gobierno para que los rivales no puedan acusarlos de no tenerlo, pero no para cumplirlos. Además, muchos de los planteamientos son tan generales que resulta difícil medirlos y hacerlo así es casi la regla general. Los planes de gobierno difícilmente contienen cifras e índices que permitan verificar su cumplimiento más allá de toda duda. Por eso, es que sería conveniente que la Ley de Partidos Políticos incorporara una matriz que con datos, índices y cifras que tuvieran que incluir los planes de gobierno, como lo he comentado reiteradas veces; pero es improbable que los políticos se pongan sus propios límites y esto sólo será posible cuando la sociedad civil los obligue a hacerlo.
Durante estos años que, como parte del Observatorio de cumplimiento de planes de gobierno he estado haciendo seguimiento a las acciones gubernamentales, me he podido percatar que, salvo excepciones, los candidatos presidenciales no se sienten identificados con sus planes de gobierno y que muchos de éstos son preparados por un equipo de personas que con frecuencia no piensan igual que el candidato y futuro gobernante, como ocurrió en el caso de Alan García, por lo que en muchos aspectos su proceder resultó divergente de lo que aparecía en su plan. El caso de Humala fue atípico, porque tuvo que hacer algunas concesiones para la segunda vuelta y la presión mediática y del poder económico lo han obligado a guardar en la congeladora su primer plan, cuando lo razonable sería mantenerlo, pero modificado por los documentos publicados posteriormente. De lo expuesto resulta que en el Perú tengamos un gobierno sin un verdadero plan, ya que la ‘Hoja de Ruta’ es como su propio nombre lo dice solo ‘Lineamientos centrales de política económica y social..’, pero de ninguna manera un verdadero Plan de Gobierno que unifique sus acciones.
Para las últimas elecciones el Jurado Nacional (JNE) logró comprometer a los partidos a que presentaran un plan de gobierno, cuyos requisitos solo tienen por objeto que los electores menos informados puedan comprenderlo, pero que en realidad está muy lejos de ser un trabajo serio. Felizmente, la competencia tuvo la virtud de obligar a los candidatos a presentar planes más amplios y mejor trabajados, aunque todavía estén muy lejos de lo que deberían ser. La calidad de los planes presentados para esas elecciones fue variada y algunos eran bastante mejor estructurados que otros. Esperemos que en el futuro la competencia haga su labor también en este aspecto y que el JNE consiga no sólo que se presenten planes de gobierno, sino que los partidos y candidatos se comprometan en un acto público a cumplirlos si salen elegidos. Esto último debería ser parte integrante de las próximas modificaciones constitucionales.
Fue casi inverosímil lo que se discutió en esa campaña electoral. Los temas de fondo, como la educación y la salud, no fueron debatidos seriamente. Sin embargo, continuaron los ataques personales y la mención de temas como el aborto y el matrimonio entre homosexuales en los que tendría que decidir el Congreso y no el futuro Presidente. Los candidatos tendrían que hacer docencia, haciendo notar a la población y los medios que su capacidad en estos aspectos es sólo de propuesta y no de decisión, que vivimos en una democracia en que los poderes son independientes y que los presidentes no son reyezuelos que pueden decidir todo como en las antiguas monarquías.
En el establecimiento de ciertas líneas de discusión en la campaña les cabe un rol importante a los medios de comunicación, incluida la prensa, que no puede seguir haciéndole el juego a los escándalos y debe más bien concentrarse en los temas importantes. La educación del pueblo es también responsabilidad de quienes trabajan con las noticias y pueden guiar a los electores.
Alonso Núñez del Prado Simons @ElPoliticoWeb





