WASHINGTON – La cuestión sigue siendo los puestos de trabajo. Lo que determinará el éxito esencial del segundo período del presidente Obama es el progreso —o la falta del mismo— realizado en la reducción del desempleo a largo plazo. Sabemos que esto es cierto por las encuestas a la salida de los comicios, en las que la economía fue mencionada como tema principal (escogido por alrededor del 60 por ciento de los electores) y, lo que es más importante, por una cuestión de sentido común.
Sin duda, el mercado laboral ha mejorado desde su punto más bajo. La tasa de desempleo, de un 7,9 por ciento, ha descendido de su pico más alto del 10 por ciento en octubre de 2009. La proporción entre los que buscan trabajo y los puestos nuevos ha declinado de 6,7-a-1 (casi siete desempleados por cada empleo) en julio de 2009 a 3,4-a-1 en septiembre, informa Heidi Shierholz, del Economic Policy Institute, un centro de investigaciones liberal. Aún así, es mucho más alta que el 1,5-a-1 o 2-a-1 que prevalece en un mercado laboral más fuerte.
El rasgo característico de un mercado laboral sombrío es el desempleo a largo plazo, que está cerca del récord posterior a la Segunda Guerra Mundial. Comenzando en diciembre de 2009 —es decir, durante 35 meses consecutivos— la proporción de aquellos desempleados sin trabajo durante más de seis meses excedió el 40 por ciento. El récord anterior posterior a la guerra ocurrió en 1983, justo cuando la economía estaba emergiendo de la dura crisis 1980-82, cuando los desempleados a largo plazo excedieron el 25 por ciento en un solo mes. Típicamente, los desempleados a largo plazo representan entre un 10 y un 20 por ciento del total.
Las consecuencias sociales son devastadoras, aunque —debido a la novedad de este fenómeno— hay pocos estudios sobre el tema. Con la persistencia del desempleo, los desempleados agotan sus ahorros y pierden la confianza en sí mismos. Los matrimonios se ven afectados; pagar las cuentas diarias y la hipoteca se hace cada vez más difícil o imposible. Los contactos con el mercado laboral se debilitan; los empleadores potenciales se vuelven más sospechosos de largos períodos sin trabajo.
Incluso los que finalmente encuentran nuevos puestos a menudo deben aceptar enormes recortes salariales. Consideremos un nuevo estudio de los economistas Bruce Fallick, de la Reserva Federal; John Haltiwanger, de la Universidad de Maryland y Erika McEntarfer, de la Oficina de Censos. Dichos economistas examinaron la experiencia de trabajadores que perdieron sus puestos en firmas que se redujeron en 1995, 1999 y 2001. Los trabajadores que no obtuvieron otro puesto durante un año, generalmente sufrieron una pérdida salarial del 18 por ciento. La experiencia podría ser ahora peor, porque el mercado laboral es más débil.
Hay un segundo motivo por el que un mercado laboral fortalecido es esencial para Obama: los jóvenes. Muchos recientes graduados universitarios y de la escuela secundaria no pueden hallar puestos a tiempo completo o trabajo que esté a la altura de sus habilidades. Las carreras, los matrimonios y nacimientos se retrasan. Si el mercado laboral no se fortalece, estos trabajadores serán particularmente vulnerables, porque —tal como dice la frase— son los últimos en ser contratados y los primeros en ser despedidos.
El problema de Obama es que, porque la creación de trabajo ocurre principalmente en el sector privado, la influencia del presidente es, en su mayor parte, indirecta. Un camino es tratar de incentivar la contratación reactivando la economía mediante gastos deficitarios. Pero los recientes déficits (5,1 billones de dólares entre 2009 y 2012) han creado una reacción política negativa y algunos economistas son escépticos sobre la eficacia de los déficits. Esa opción parece fuera de consideración.
Un enfoque más general consiste en fortalecer la confianza de las empresas. El problema es que la relación de Obama con la comunidad empresarial ha sido turbulenta. Un punto obvio: la propuesta del presidente de elevar la tasa tope del impuesto sobre los ingresos de las personas físicas del 35 al 39,6 por ciento para las parejas que ganan más de 250.000 dólares. Las organizaciones de pequeñas empresas se han quejado, sosteniendo que muchas empresas pequeñas pagan impuestos a las tasas de las personas físicas y que tasas más altas desalentarían la creación de trabajo.
La primera prueba del clima político post-electoral será el intento del presidente y los líderes del Congreso de evitar el “precipicio fiscal” —los aproximadamente 500.000 millones de dólares en aumentos fiscales y recortes de gastos programados para 2013. La Oficina del Presupuesto del Congreso y otros han expresado que si todos los cambios se llevaran a cabo, la economía probablemente caería en una recesión. Para los puestos de trabajo, eso sería un desastre.
Robert J. Samuelson © 2012, The Washington Post Writers Group | @ElPoliticoWeb





