Si Henrique Capriles Radonski triunfa en las próximas elecciones del 7 de octubre en Venezuela, logrará una hazaña democrática sin precedente en la historia latinoamericana. Es posible que nunca un candidato opositor haya enfrentado un poder similar al que representa Hugo Chávez. Su régimen no aplica la violencia física como principal política de Estado, pero ejerce otro tipo de violencia coercitiva y amenazante, omnímoda y opresiva. Su poder proviene de las urnas… estrechamente controladas por las armas, por sus armas.
Cuando la democracia desplazó finalmente a la dictadura en Argentina, Uruguay o Chile, los militares —por el repudio público a sus actos genocidas— se hallaban en irreversible retirada. En el otro extremo del espectro ideológico, quizá el único caso de un desplazamiento de un régimen autoritario de izquierda por la vía democrática fue el de los sandinistas, pero el proceso no implicó la dificultad que reviste ahora el venezolano por el hecho mismo de que el Gobierno sandinista —deteriorado también a fines de los ochenta— no era democrático ni fingía serlo. En ambos casos, contra la derecha militarista y la izquierda revolucionaria, la democracia no tuvo que desandar un camino: tuvo que construirlo.
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