Análisis Político

Ruben Navarrette Jr.

La locura de la discriminación revertida

No se está impidiendo el ingreso universitario, al por mayor, de estudiantes blancos a causa de su raza, de la misma forma en que se les impidió a afroamericanos y latinos el siglo pasado

SAN DIEGO – La Corte Suprema parece impaciente por terminar con la acción afirmativa en el ingreso universitario.

No sobre la base de la ley en el código, ni de los hechos de un caso en particular, sino porque es probable que la corte se deje llevar donde, de todas formas, quiere ir. Cinco jueces (John Roberts, Antonin Scalia, Anthony Kennedy, Clarence Thomas y Samuel Alito) se han opuesto —ya sea en casos anteriores o antes de asumir el cargo— a la idea de que se tome en cuenta la raza o la etnia para brindar una ventaja a las minorías en el proceso de admisión.

Presuntamente, este tipo de cosa crea una nueva clase de “víctimas” como Abigail  Fisher, de 22 años, a quien se le negó el ingreso a la Universidad de Texas en Austin, en 2008, y quien procedió a demandar a la universidad por supuestamente discriminarla, por ser blanca.

Los jueces escucharon recientemente argumentos en Fisher vs. University of Texas. Algunas de las preguntas que formularon sugieren que Fisher encontrará comprensión en el sumo tribunal.

No importa que la mayoría del cuerpo estudiantil en el campus de la UT —para no hablar de la mayoría del cuerpo docente, del personal y de la administración de esa universidad— esté compuesto por blancos quienes, de alguna forma, se las arreglaron para superar ese obstáculo. Y no importa que las calificaciones de Fisher en la escuela secundaria —tal como sostiene la universidad— no fueran suficientemente buenas para ingresar en la UT como es debido.

Con la velocidad de la luz, la demanda de Fisher ha transitado el camino hasta la Corte Suprema. La Universidad —aunque otorga tres cuartos de las vacantes del primer año a estudiantes que se gradúan en el 8 por ciento superior de su clase de la escuela secundaria (cuando Fisher solicitó el ingreso, era en el 10 por ciento superior)— concede el restante cuarto de las vacantes tomando en cuenta otros factores, entre ellos el nivel socioeconómico, las penurias personales y sí, también la raza y la etnia.

Nada de ello es relevante para lo que le ocurrió a Fisher. Sus calificaciones la ubicaron en el 12 por ciento superior de su clase. Admitirla hubiera requerido un nuevo tipo de trato preferencial —para aquellos menos calificados académicamente.

Si estuviéramos hablando de preferencias raciales muy definidas, como cuotas y reservas de vacantes, en lugar de medidas más benignas, como los esfuerzos de extensión, me parecería bien que la corte decidiera revocar la acción afirmativa.

Pero he aquí el problema. No por el motivo que parece animar a casi todos los críticos de estos programas —la acusación de que tener en cuenta la raza y la etnia equivale a discriminar abierta y sistemáticamente contra los blancos. Sino porque esos programas perjudican a las mismas minorías a quienes se supone que desean beneficiar. ¿Cómo? Al bajar las normas, eliminar los incentivos, estigmatizar a los beneficiarios y enmascarar severas deficiencias educativas en la educación de Jardín de Infantes al 12° grado, que nunca se encaran. Ése es el problema real.

El argumento de que las preferencias raciales en realidad perjudican a los supuestos beneficiarios pocas veces se discute. Eso se debe a que los defensores de la acción afirmativa no desean conceder que perjudique a nadie, y a sus críticos no parece importarles, en la medida en que sólo perjudique a las minorías.

Lo que sí llama más la atención es el cuento de hadas de la discriminación revertida. En mi opinión, esa sola idea se ha convertido en un mecanismo de defensa, que algunas personas utilizan para racionalizar el motivo por que no obtienen todo lo que ellas piensan que tienen derecho a obtener.

Ha llegado la hora de enfrentar la realidad, señores. No se está impidiendo el ingreso universitario, al por mayor, de estudiantes blancos a causa de su raza, de la misma forma en que se les impidió a afroamericanos y latinos el siglo pasado. El hecho de que los blancos aún constituyen la mayoría de los estudiantes en casi todas las universidades prácticamente lo demuestra. Después de todo, la discriminación se produce cuando los que están en el poder le niegan a una persona oportunidades por pertenecer a un grupo al que consideran inferior. ¿Quién está diciendo que los blancos son inferiores?

He tenido esta conversación con muchas personas durante un cuarto de siglo, y puedo decirles que la mayor parte de mis amigos latinos y afroamericanos coincide conmigo en que los estadounidenses nunca podremos tener una discusión real sobre qué hacer con la acción afirmativa hasta que vayamos más allá del ruido de algunos atribulados hombres blancos que cantan: “We Shall Overcome”.

No somos insensibles al sufrimiento. Simplemente, no vemos el sentido de imaginarlo cuando no existe.

Concentrémonos en el prejuicio real que infligen estos programas y en las víctimas reales.

 Ruben Navarrette, ruben@rubennavarrette.com © 2012, The Washington Post Writers Group | Especial para El Político | @ElPoliticoWeb  

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