Análisis Político

Robert Samuelson

El momento de la verdad de los encuestadores

EEUU | Están situados entre un pasado que cada vez es más insostenible y un futuro que aún no existe

WASHINGTON – A medida que se acerca la elección, llega la hora de la verdad no sólo para los candidatos, sino también para los encuestadores. Esta reñida elección podría dejar a muchos prediciendo el ganador incorrecto. En un día reciente, seis encuestas nacionales informaron sus nuevos resultados. Cuatro dijeron que Romney iba a la cabeza; dos, indicaron al presidente Barack Obama. El mayor margen de victoria fue de 3 puntos (a favor de Romney). El margen promedio fue de 2 puntos. La incertidumbre ha alimentado especulaciones de que Romney podría ganar el voto popular y perder el conteo electoral.

No se trata sólo de la elección. Entre los encuestadores, hay temor de que los cambios tecnológicos (principalmente los teléfonos celulares) y la creciente falta de voluntad del público para prestarse a entrevistas están socavando las encuestas telefónicas —y no hay un sustituto apropiado a la vista. Un estudio reciente del Pew Research Center reportó su tasa de respuestas a un 9 por ciento, de un 36 por ciento en 1997. En otras palabras: en 1997, Pew realizaba tres llamadas residenciales para obtener una respuesta; ahora, hace 10.

Comenzando con las máquinas contestadoras y con la posibilidad de identificar al que llama en los años 70 y 80, los suspicaces norteamericanos se han vuelto más selectivos para contestar llamadas. Las llamadas grabadas —mensajes automáticos sobre productos, políticos, beneficencia y encuestas— han profundizado la hostilidad. “La masa de comunicaciones que entra al hogar de la gente termina volviéndose borrosa”, dice el encuestador de Pew, Scott Keeter.

Los teléfonos celulares presentan problemas porque los que los usan exclusivamente —los que no tienen una línea en su casa— son más jóvenes, más pobres y más demócratas que la población en general. Hacia fines de 2011, el 32 por ciento de los norteamericanos de 18 y más años tenía exclusivamente teléfono celular, mientras que a comienzos de 2008, ésa cifra era del 16 por ciento. Entre los de 25 a 29 años de edad, ese grupo representa el 60 por ciento. Si no se encuesta a suficiente gente de ese sector, las encuestas podrían estar distorsionadas. Muchos encuestadores, aunque no todos, llaman ahora a teléfonos celulares. Pero eso es cada vez más caro. Según las actuales tendencias, la mitad de los norteamericanos podrían usar exclusivamente teléfonos celulares para la elección de 2016.

Todo ello amenaza con provocar la mayor perturbación en los sondeos desde los años 30. Hasta entonces, los norteamericanos calibraban el sentimiento público mediante sondeos informales, “discursos, peticiones, concentraciones, disturbios, huelgas, elecciones y cartas al editor”, escribe la historiadora Sarah Igo, de Vanderbilt University en su libro, “The Avereged American: : Surveys, Citizens, and the Making of a Mass Public”.

El gran cambio se produjo en 1936, cuando George Gallup y Elmo Roper, usando técnicas de muestreo de la población, predijeron la victoria de Franklin Roosevelt. Mientras tanto, la revista Literary Digest, sobre la base de un sondeo informal de sus lectores, predijo que ganaría el republicano Alf Landon. Los lectores de la revista no eran representativos de la población total. El muestreo científico, que intentó reflejar a todo el mundo, triunfó, aunque sufrió un revés temporal en 1948, cuando las encuestas no pronosticaron el apoyo tardío al presidente Harry Truman.

Gallup y Roper eran, hasta cierto punto, idealistas, dice Igo. Pensaban que las encuestas modernas mejorarían la democracia al clarificar los deseos de la mayoría. No ha funcionado de esa forma, en parte porque los sondeos, al exponer a minorías considerables, también fortalecieron su sentido de identidad. Pero los sondeos sí cambiaron la manera en que hablamos y pensamos sobre nosotros mismos. Conceptos tales como el de “el norteamericano típico”, “la cultura dominante” y la “opinión pública” se volvieron comunes, escribe Igo.

En este momento las encuestas son controvertidas porque la contienda presidencial es reñida. Si uno de los candidatos llevara la delantera por 10 puntos, a pocos les importaría cómo deciden las diversas encuestas quién es un elector “probable” o cómo sopesar a diversos segmentos de la población. Esos detalles, en general, no importan demasiado. Pero cuando el margen es de unos pocos puntos, pueden determinar qué candidato es el que va a la cabecera y lleva “aceleración”.

Más preocupante es la posibilidad de que los teléfonos celulares y la disminución en la participación popular afecten la precisión de los sondeos debido a que las muestras son menos representativas. La respuesta parece ser que eso aún no está ocurriendo. Pew realizó un estudio en que comparaba las respuestas a preguntas básicas (¿es usted: ciudadano norteamericano, propietario de vivienda, casado?) de sus encuestas con estudios gubernamentales más amplios. En la mayoría de las preguntas, las respuestas fueron idénticas o parecidas: el 37 por ciento de los encuestados en ambos casos tenía hijos en la casa; el 75 por ciento en ambos estudios estaba registrado para votar. Hubo algunas discrepancias preocupantes —pero no una disparidad fundamental.

Menos tranquilizador es el marcado aumento en el coste de los sondeos telefónicos, que podría causar el repliegue de las organizaciones mediáticas, ya con problemas de efectivo. Contactar teléfonos celulares es costoso, porque hay que marcar los números a mano. En cambio, las computadoras pueden marcar automáticamente las líneas de las casas, facilitando así el llegar a hablar con una persona. (El Congreso prohibió esa práctica para los celulares para proteger a la gente de tener que pagar llamadas no-solicitadas.) Una encuesta típica le cuesta a Pew entre 60.000 y 100.000 dólares, expresa Keeter. Esa cantidad cubre el alquiler de decenas de miles de números de líneas de casas y de celulares para producir 1.500 entrevistas de unos 20 minutos cada una.

La solución parece obvia: utilizar Internet. Pero técnicamente, es difícil. Los usuarios de Internet quizás no compongan una muestra representativa de la población norteamericana. ¿Vive la persona detrás de ese e-mail en Estados Unidos? Los paneles permanentes de encuestados podrían actuar en forma diferente de la gente que se contacta al azar. Se están realizando experimentos. Mientras tanto, los encuestadores están situados entre un pasado que cada vez es más insostenible y un futuro que aún no existe.

Robert J. Samuelson © 2012, The Washington Post Writers Group |@ElPoliticoWeb

Deja tu comentario