Que da lo mismo votar por uno que por el otro es la disculpa desentonada de los que no quieren ver las cosas como son, o simplemente les parece más cómodo no hacer las comparaciones pertinentes. A ellos, y también a otros que de buena fe aún no se deciden, va dirigida esta columna de opinión. En realidad esta vez están compitiendo por el favor popular con miras a llegar a la presidencia de los Estados Unidos, dos ciudadanos que desde el punto de vista ideológico son diametralmente opuestos. El uno, que ya poco tiene que esconder porque a lo largo de los últimos cuatro años ha venido ejerciendo el cargo para el que ahora aspira a reelegirse, continúa defendiendo unas políticas que evidentemente no funcionaron. Es cierto, heredó un país que atravesaba serias dificultades, pero se cubrió con el manto del tan anhelado cambio y hasta ahora nada de eso hemos podido ver. Ahora, en campaña reeleccionista, dice que ha hecho mucho y que si no ha logrado hacer más es por culpa de los republicanos del gobierno anterior. Ninguna de las dos afirmaciones se compadece con la realidad.
En verdad, las políticas de Obama han fracasado porque se basan en la premisa mesiánica de que son los gobiernos los que resuelven los problemas de los pueblos y la historia está repleta de demostraciones de que así no funcionan las cosas, especialmente en una sociedad como la nuestra, que defiende la libre iniciativa y estimula a los ciudadanos para que sean garantes de su propio futuro. Lo que sucede es que en el estilo del actual inquilino de la Casa Blanca, los anuncios resultaron más importantes que los hechos. Para demostrar esta teoría habría que recordar apenas los primeros meses de su gobierno, cuando prácticamente todas las noches se encadenaban los canales de televisión para transmitir los anuncios presidenciales sobre nuevas políticas orientadas a resolver los problemas económicos, el plan de rescate, la salvación de las ejecuciones hipotecarias, la revitalización del crédito, la recuperación de la industria automotriz, en fin, lo que fuera del caso.
Hoy, luego del inexorable paso del tiempo, hacemos el inventario y comprobamos que la mayor parte de todos esos anuncios no pasó de letra muerta. El plan de rescate nos costó 787 billones de dólares y todavía no lo vemos, las ejecuciones hipotecarias continúan viento en popa, con la mayoría de los norteamericanos propietarios de viviendas viviendo bajo el agua, con los valores de sus propiedades muy por debajo de lo que le deben a sus bancos. Y los bancos, muy bien gracias, gracias sobre todo al presidente Obama, que premió la irresponsabilidad con que estas instituciones financieras manejaron la cuestión de las hipotecas basura, entregándoles en bandeja de plata el dinero de nuestros impuestos para resarcirles sus pérdidas y a nosotros nos dejó en la calle, debiéndole lo mismo a los mismos bancos. El argumento en que basó semejante política se sustentaba en que a los bancos no se les podía dejar quebrar, porque eso comprometería las fuentes de crédito. Sin embargo, lo que sucedió después es que los bancos, en lugar de poner a circular esos recursos, decidieron seguir apostándolo, lo invirtieron en riesgosas operaciones bursátiles y le permitieron al gobierno salir a decir que las cosas iban bien, porque las bolsas andaban al alza. Claro, pero ¿con el dinero de quien?
A todas estas, el plan de rescate económico tenía por objeto restablecer la economía, pero sobre todo generar empleos. Ni lo uno ni lo otro le han funcionado a Obama, aunque oportunas divulgaciones de cifras indiquen un leve ascenso en el crecimiento económico y una ligera caída en la tasa de desempleo. Ambos indicadores económicos están sensiblemente por debajo de lo prometido por el presidente Obama y especialmente por debajo de lo que deberíamos esperar, teniendo en cuenta lo que nos ha costado el tal plan de rescate económico. Como es costumbre, Obama intenta esconder sus falencias echándole la culpa al gobierno de Bush. Pero en gracia de dejar las cosas claras, habría que recordar que la crisis hipotecaria tiene su origen en realidad en la administración Clinton, que promovió una apertura en las políticas hipotecarias para que más americanos pudieran comprar su casa propia. Fue con esa propuesta populista que comenzaron nuestros males económicos más recientes.
Mitt Romney, el candidato republicano, por su parte, propone políticas mucho más acordes con la filosofía que ha hecho crecer a este país y lo convirtió en la potencia que ha sido y seguirá siendo mientras sigamos defendiendo esas tesis, que no son otras que promover la libre iniciativa y dejar que los ciudadanos se empeñen en la solución de sus problemas, antes que quedarse esperando que el gobierno les resuelva todo. No es la administración la que genera empleos, si acaso cargos burocráticos, muchos de ellos de dudosa justificación. Son los mismos ciudadanos, los empresarios, los emprendedores de pequeño y gran porte y por eso hay que estimularlos. No se puede, en un país como este, castigar a los que prosperan. Por el contrario, en la medida en que estimulemos su progreso, estaremos estimulando también su permanencia estable y su crecimiento, y su crecimiento se traduce en más generación de empleo y a la larga en más recaudación de impuestos. Es muy fácil recaudar más impuestos aumentando las tasas, pero es mucho más inteligente y duradero aumentar esos recaudos como resultado de mejores ejercicios. Dicho de otra forma, si al que gana un dólar le hacemos pagar medio en impuestos, recaudaremos menos que si dejamos que gane dos dólares y le cobramos un tercio. Entre otras cosas, porque solo así estaremos dándoles razones para que se esfuercen con el fin de producir más.
Otro aspecto donde la diferencia entre ambos candidatos es bien marcada, tiene que ver con el tema de la salud. Romney ha afirmado categóricamente que rechazará el plan de salud oficial conocido como Obamacare. Muy pertinente y oportuno, porque nada distinto merece semejante programa, donde burócratas sin conocimiento alguno de temas de salud tienen en sus manos decisiones que afectan la manera como los médicos nos atienden, o nos dejan de atender. El ex gobernador de Massachusetts tiene en su record el haber promovido, con apoyo bipartidista, un plan de salud que cubre a los ciudadanos de su estado, a costos más bajos y con mejor calidad. Ni siquiera los avezados asesores de la campaña demócrata han logrado desmentir este resonante hecho.
Son evidentemente dos opciones muy distintas y a nosotros, como ciudadanos, nos cabe escoger con cual quedarnos. Si con el demócrata, que lo único que puede garantizarnos es que nada cambiará mucho y por el contrario tendremos que acostumbrarnos a vivir cuatro años más de lo mismo, con el espejo retrovisor listo para continuar culpando de todo al gobierno anterior, o si, por el contrario, nos empeñamos en apoyar la causa del candidato republicano, que nos abre las puertas para seguir creciendo por nuestros propios medios, resolviendo nuestros propios problemas, sin el gobierno respirándonos en la nuca y diciéndonos al oído lo que, a juicio de ellos tenemos que hacer.
En lo que a mí respecta, muy orgullosamente votaré por Romney, porque es mucho mejor persona y mucho mejor candidato. Porque tiene una trayectoria, académica, empresarial, política y de servicio a la comunidad. Lamento no poder decir lo mismo del otro candidato. Celebro, como muchos ciudadanos, de este y de otros países, que los Estados Unidos hayan tenido en su momento la madurez política que nos permitió haber elegido un afro-americano para el cargo más alto del país. Qué bueno resultó que cuando fue candidato hace cuatro años no hubiera caído víctima de la discriminación. Pero me parece que reelegirlo, simplemente por el color de su piel, sin tener en cuenta sus antecedentes, ni los resultados de su gestión, sería un acto de discriminación aún más grosero. Y la discriminación, sea para bien o para mal, es siempre odiosa.
Jaime Flórez, El Politico | @ElPoliticoWeb





