El primer e-mail que recibí el pasado jueves fue de un buen amigo español lamentándose de la desaparición de uno de los mitos eróticos de los últimos tiempos. Sylvia Kristel, la protagonista del filme Emmanuelle, había muerto a los sesenta años. Por una cuestión de edad y de vivencias comunes, mi amigo sabía que podía compartir conmigo un recuerdo que hoy en día no significa nada para muchos jóvenes.
Cuando el director francés Just Jaeckin conmocionó al mundo en 1974 con las aventuras sexuales de una modelo en la exótica Tailandia, en España se vivían las postrimerías del franquismo. Un año después moría Franco y sus más de tres décadas de régimen autoritario se diluyeron en una transición a la democracia que trajo, entre otros cambios, el fin de la censura y una ola de destape en el cine.
Mientras en gran parte del mundo se estrenaba Emmanuelle, a España sólo llegaban los ecos de un éxito de taquilla y las imágenes clandestinas de la guapa y sensual Kristel, una actriz holandesa de grandes ojos azules y gesto morbosamente lánguido. Los hombres españoles, entre los que incluyo a mi nostálgico amigo, soñaban con aquel objeto oscuro del deseo. Tanto era el furor que causó la foto del cartel publicitario, en el que Sylvia Kristel mostraba sus encantos cómodamente sentada en una silla de mimbre, que se multiplicaron los peregrinajes al sur de Francia para ver la dichosa película, con el afán de quien le da un mordisco a la fruta prohibida.
En 1974, tres años antes de que se eliminara la censura en España, mi pandilla la formábamos adolescente esnobs que hacíamos incursiones a los cines de arte y ensayo. Y con la paciencia que sólo un joven tiene, veíamos sesiones enteras de las películas de Godard, Bresson o Passolini. Mis padres, en cambio, con un espíritu más festivo viajaron hasta Perpiñán para no perderse las peripecias de la descocada Emmanuelle. De aquella época, que ya era un anuncio del vendaval de libertad que estaba a punto de vivirse al sur de los Pirineos, todavía conservamos una foto del póster de Emmanuelle en la bonita localidad costera del país galo.
Sylvia Kristel ya no está y hace algo más de un año otra musa del cine erótico, María Schneider, también nos dejó. Si la primera fue Emmanuelle para siempre, la segunda fue la muchacha que se embarcó en un amour fou con Marlon Brando en El último tango en París. Con bastante más talento que Jaeckin, en 1972 Bernardo Bertolucci causó un escándalo mundial con el romance descarnado y tórrido de la jovencísima Schneider y un maduro Brando dispuesto a darle más de una lección amatoria a su discípula. En España hubo que esperar cinco años antes de ver este clásico del director italiano.
A finales de los años setenta se estrenaba la democracia y se daban los primeros pasos de la Movida madrileña, que encumbró a Pedro Almodóvar y grupos musicales como Nacha Pop y Alaska y los Pegamoides. Aunque con retraso, había llegado la hora de ver el Último Tango hipnotizados por el saxo de Gato Barbieri. Y si mis padres hicieron una excursión hasta Francia para ver Emmanuelle, un día yo escapé del colegio para ver en el cine Azul de la Gran Vía la imposible historia de amor de un americano y una chica parisina. El episodio de la mantequilla era sólo una anécdota en los encuentros crepusculares de dos seres desnortados en un apartamento parisino.
Comprendo la melancolía de mi amigo al rememorar a la Emmanuelle de sus sueños juveniles. La pérdida de Sylvia Kristel, y sus grandes ojos azules, es un aviso de lo mayores que nos hemos hecho. La transgresión de Perpiñán. El descubrimiento del maestro Bertolucci una tarde de novillos. La mujer desmadejada en la silla de mimbre. Aquellos verdes años.
Gina Montaner @GinaMontaner www.firmaspress.com © Firmas Press | @ElPoliticoWeb





