Análisis Político

Robert Samuelson

Acabemos con el Sueño Americano

Esta elección presidencial a menudo parece una competición sobre cuál de los dos candidatos, el presidente Obama o Mitt Romney, puede restaurar mejor el Sueño
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WASHINGTON. Es hora de jubilar al Sueño Americano —o por lo menos, de darle unas largas vacaciones. Debemos retirarlo de nuestra conversación nacional. Constituiría un problema para políticos y expertos que utilizan “el Sueño Americano” como un instrumento retórico, que encarna los objetivos adoptados por casi todos los norteamericanos. Ése es el problema. El Sueño Americano se ha vuelto tan extenso en su significado, que sofoca todo debate honesto y perjudica a algunos de los individuos que se propone asistir.

¿Quién puede oponerse al Sueño Americano? Nadie. Capta nuestra fe en el progreso, las oportunidades y el esfuerzo. Refleja la esperanza de una clase media amplia y estable. Todos irían a la universidad, tendrían su propia casa. Los hijos vivirían siempre mejor que sus padres.

Esta elección presidencial a menudo parece una competición sobre cuál de los dos candidatos, el presidente Obama o Mitt Romney, puede restaurar mejor el Sueño. En la medida en que la gente crea eso, un resultado es seguro: la decepción. El atractivo fundamental del Sueño yace en su promesa de realización personal, que nunca puede garantizarse.

Curiosamente, la historia lo confirma. A pesar de su actual popularidad, la frase “el Sueño Americano” comenzó a utilizarse comúnmente sólo después de la década de 1970. Según la mayoría de las versiones, el historiador James Truslow Adams acuñó la frase en su libro de 1931, “The Epic of America”. Adams imaginó un “orden social en que cada hombre y cada mujer podrán alcanzar la estatura plena de lo que son innatamente capaces, y serán reconocidos por los demás por lo que son”.

Pero la frase languideció, probablemente porque pareció que la experiencia la contradecía. Para la mayoría de los norteamericanos, la vida siempre había sido una lucha. Poco estaba garantizado. En cambio, la noble visión de Adams era utópica.

Ahora se ha convertido en un derecho no formalizado. Este hecho se le puede adjudicar a Bill Clinton. Clinton popularizó la noción de que los norteamericanos “que trabajan arduamente y siguen las reglas, no deberían ser pobres.” Por tanto, si la gente es resuelta y responsable, la sociedad —por medio del gobierno— debe construir caminos hacia el Sueño y todo lo que éste implica (un buen trabajo, una vivienda decente, más libertad y elecciones).

La responsabilidad personal garantizaba una acción colectiva. Pero en la práctica, los caminos a menudo llevaron a callejones sin salida. Un título universitario, se decía, significaba mejores puestos de trabajo, tenía sentido subsidiar préstamos que permitieran a más estudiantes asistir a la universidad. Con trabajos mejor remunerados, los prestatarios podrían pagar los intereses de sus préstamos con facilidad. Eso funcionó durante un tiempo, aunque no para todos. Muchos estudiantes quedaron con grandes deudas y sin título.

Un estudio realizado por economistas de la Reserva Federal de Kansas City informa que: Menos del 60 por ciento de los estudiantes universitarios se gradúa en 6 años; la deuda estudiantil suma ahora 1 billón de dólares; para el 25 por ciento de los prestatarios, los pagos anuales exceden 4.584 dólares; las tasas de incumplimiento de pagos son casi del 9 por ciento. “Los prestatarios en mora pueden ser demandados, sus reembolsos fiscales pueden ser interceptados y/o se pueden embargar sus salarios,” señala el informe.

La cuestión de ser dueño de la propia casa —el símbolo por excelencia de haber “triunfado”— es otro camino perverso. Es cierto, ser propietario de la propia vivienda es un objetivo encomiable; estabiliza los barrios, por ejemplo. Pero su promoción fue exagerada y contribuyó a la crisis financiera de 2007-09. Nuevamente, las víctimas fueron los supuestos beneficiarios; desde 2007, por lo menos 5 millones de norteamericanos han perdido sus viviendas a causa de ejecuciones de hipotecas, informa CoreLogic.

No hay nada de malo en un poco de optimismo y esperanza exagerados. Es inevitable y hasta saludable, si hace que la gente se sienta bien y la inspira a conductas gratificantes. El problema de nuestro embeleso con el Sueño Americano es que trasciende los límites del sentido común. Se ha convertido en un sustituto de la resolución de problemas reales y en un acto de autoengaño colectivo.

La invocación del Sueño Americano supone que no hay conflictos entre grupos. Con la mezcla correcta de responsabilidad personal y programas gubernamentales, todos pueden alcanzar el Sueño. Pero algunos conflictos no desaparecen por desear su desaparición. Uno de ellos es el existente entre los jóvenes y los viejos. Conforme los baby-boomers se jubilen, el gasto federal en los ancianos aumentará. Eso ayudará a que los jubilados cumplan sus sueños, y dificultará —por los impuestos más altos y los servicios públicos peores— que los jóvenes realicen el suyo.

Lo que tampoco desaparecerá tan sólo por desearlo son las realidades que impiden que más norteamericanos alcancen la categoría de clase media. Sólo un tercio de los niños nacidos en el quinto más pobre de los norteamericanos se gradúan de la escuela secundaria con por lo menos un promedio de 2,5 y sin haberse convertido en padres o haber sido condenados por algún delito, informa un estudio del Brookings Institute. La economista de Brookings, Isabel Sawhill, señala que las brechas se han agrandado entre los hijos de los pobres y de las familias acomodadas en los resultados de los exámenes, la asistencia a la universidad y la formación familiar. En su libro “Coming Apart”, el académico conservador, Charles Murray, realiza comentarios similares.

Para los políticos y expertos, la virtud del Sueño Americano es que está desconectado de hechos y decisiones desagradables. Es un eslogan que no debería sobrevivir —pero que lo hará, precisamente porque es una ficción.

© 2012, The Washington Post Writers Group, servicio especial para El Político |@ElPoliticoWeb 

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