WASHINGTON. A medida que el presidente Obama va creciendo cada vez más en las encuestas, los republicanos se apresuraron a identificar el problema: Mitt Romney. Peggy Noonan manifestó la opinión de muchos conservadores cuando dijo, de forma elocuente, que la campaña de Romney había sido “incompetente”. Otros criticaron su candidatura de igual manera. Y sin embargo, ¿no debería desconcertarnos el hecho de que Romney es tan “incompetente” (expresó también Noonan) dada su merecida reputación por la competencia? Fundó una de las empresas financieras más exitosas de este país, transformó y salvó de los escándalos de corrupción a las olimpíadas de invierno de Salt Lake City, y fue un gobernador exitoso. ¿Cómo se volvió así de torpe tan rápido?
En realidad, el problema no es Romney, sino el nuevo partido republicano. Teniendo en cuenta la dirección en la que éste se ha movido y las presiones de sus más extremos -aún más poderosos- elementos, cualquier candidato enfrentaría el mismo desafío: ¿Es posible ser un candidato serio para las elecciones generales sin enojar a la base republicana?
Este mes, el presentador del programa de noticias de Fox News, Brit Hume, hizo una crítica específica diciendo que “Romney dejó caer su estatus presidenciable”. (…) Lo que [no ha hecho es] insistir mucho en las políticas económicas que pondría en marcha. ¿Por qué un hombre inteligente, con un dominio de la economía como Romney no explica su política económica? Porque cualquier respuesta sensata podría causar un revuelo en su partido.
Es evidente que, con un déficit del 8 por ciento del producto bruto interno (en adelante, PBI), cualquier solución a nuestros problemas de presupuesto tiene que incluir tanto recortes de gastos como aumentos de impuestos. Ronald Reagan aprobó la suba de impuestos cuando el déficit alcanzó el 4 por ciento del PBI; George H.W. Bush lo hizo cuando el déficit fue del 3 por ciento del PBI. Pero hoy día, el partido republicano está organizado en torno a la idea de que nunca debe haber un aumento de impuestos de ninguna clase, sin importar las circunstancias. La propuesta de Simpson-Bowles establece 1 dólar de aumento de impuestos por cada 3 de recortes de gastos. Pero cada candidato presidencial republicano -incluido Romney- prometió durante las elecciones primarias que no aceptaría 10 dólares de reducción del gasto si eso significaba un dólar de aumento de impuestos.
Así que Romney podría presentar un plan económico serio con números que tengan sentido, y luego enfrentar un revuelo dentro de su propio partido. La solución: ser especialmente vago acerca de cómo lidiara con el déficit. Recientemente, cuando se le preguntó por más detalles, explicó que ” el diablo está en los detalles; el ángel, en la política”. Tiene razón. Si fuera más específico, estaría cometiendo una blasfemia ideológica. Así que en su lugar, habla sobre la libertad y el capitalismo.
Las inclinaciones de Romney son evidentes. En 2002, se negó a firmar la “promesa” de protección al contribuyente de Grover Norquist, a pesar de que su predecesor republicano como gobernador de Massachusetts lo había hecho. Pero en 2006, el terreno había cambiado y corrió para convertirse en el primer candidato presidencial en comprometerse con la misma.
Pero esta no es sólo una historia del surgimiento de los conservadores económicos. Lo mismo ha ocurrido en materia de inmigración. El domingo pasado, en la cadena ABC “This Week”, el estratega republicano Nicolle Wallace instó a Romney a dirigirse a los hispanos, haciendo recordar el pobre historial de Obama sobre la reforma migratoria señalando que: “[C]uando George W. Bush. . . John McCain y Ted Kennedy estaban tratando de hacer algo, Barack Obama estaba en ningún lado”. Actualmente, el partido republicano se opuso tan fuertemente a esas propuestas -que permitían la conversión de muchos inmigrantes ilegales en ciudadanos – que uno de los patrocinadores del proyecto de ley, McCain, renunció a su propio trabajo.
Romney se congració dentro del partido al oponerse al Dream Act, apoyando la dura ley de Arizona, mediante la cual la policía verificaba el estado migratorio de las personas a su antojo y proponía la “auto-deportación” como una manera de deshacerse de los inmigrantes indocumentados. En los foros hispanos en las últimas semanas, Romney dijo que quiere resolver de forma permanente el tema de la inmigración, pero se ha referido al mismo en términos generales. Al igual que con el déficit, tiene un plan, pero es secreto. No tiene sentido permitir que el país -o su partido– tenga conocimiento del mismo antes de las elecciones.
El partido republicano impuso un nuevo tipo de corrección política a sus dirigentes. Hay ciertas palabras (impuestos) o ideas (amnistía migratoria) de las que no se puede hablar o especular, ya que están prohibidas. Romney ha intentado realizar una campaña sin contravenir las restricciones de su partido. Como consecuencia, se ha enredado como un pretzel, hablando vacuamente, evitando ser específico y negándose a proporcionar cualquier plan serio respecto de los temas más importantes del día. Eso es una camisa de fuerza de la que ni siquiera la elocuencia de Peggy Noonan lo puede sacar.
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