Quizá no fue sólo convicción. Quizá también fue cálculo político en la larga serie de expulsiones de funcionarios sospechados de corrupción, que Dilma decidió sin que le tiemble el pulso.
El contraste entre la presidenta que echa corruptos y sus permisivos antecesores, ensombrece al propio Lula y resalta por el “juicio histórico” contra los implicados en el escándalo que los brasileños bautizaron “mensalao“.
De tal modo, aquel caso de presuntos sobornos en el Congreso podría favorecer por segunda vez a Rousseff, ya que, al opacar la imagen de Lula, debilita la posibilidad de que el ex presidente intente regresar al Planalto, tentación que merodea su cabeza y la de muchos dirigentes del PT.
Quedaría allanado entonces el camino para la reelección de la actual mandataria, resistida por la dirigencia petista a la que cortó negocios y tráficos de influencia.
El primer favor que el mensalao le hizo a Dilma fue abrirle el camino que, finalmente, desembocó en la Presidencia. Sucede que el escándalo ahora juzgado, derribó en el 2005 al jefe de Gabinete José Dirceu. Lula necesitó cubrir la vacante con una figura políticamente incontaminada. Por eso al cargo lo ocupó Rousseff, a pesar de no tener pasado en el PT. Ella deslumbró a Lula y al país, convirtiendo un gobierno errático en una administración de excelencia. Por eso fue la sucesora.
Desde los estrados judiciales, el mensalao vuelve a favorecerla por resaltar su política de tolerancia cero con la corrupción. El contraste opaca a otros mandatarios de la región. Cristina “K”, por caso, en lugar de indignarse con sus funcionarios sospechados, se indigna con los jueces.
Desde que recuperó la democracia, Brasil dio significativos pasos contra la corrupción que caracteriza a su clase dirigente, a pesar de la proverbial permisibilidad de la sociedad. El primer paso fue el impeachment que destituyó a Color de Mello, por el manejo de los fondos de campaña que hizo su tesorero. El segundo paso fue la caída de Dirceu, Delubio Soares, Roberto Jefferson y otros jerarcas del PT al estallar el escándalo que hoy se juzga. Y el tercer paso es la actitud de una presidenta que echa a sus funcionarios sospechados, en lugar de protegerlos.
CLAUDIO FANTINI – El País (Uruguay) |@ElPoliticoWeb






