WASHINGTON. Me preocupa el futuro —no el mío, sino el de mis tres hijos, todos en la veintena. Es un axioma del folklore norteamericano que toda generación debe vivir mejor que su predecesora. Pero no se trata de un derecho constitucional, ni siquiera de un simple derecho, y tengo dudas de que estos jóvenes lleguen a hacerlo. No estoy solo. Una reciente encuesta de USA Today/Gallup concluyó que casi el 60 por ciento de los norteamericanos también tiene dudas. Conozco muchos padres que temen por el futuro que les espera a sus hijos.
Los jóvenes (que considero como de 40 o menos años) enfrentan dos amenazas para su estándar de vida. La primera es el efecto adverso de la Gran Recesión sobre los puestos de trabajo y los jornales. Incluso si ese factor se fuera desvaneciendo con el tiempo, existe una segunda amenaza: el coste de un Estados Unidos que envejece. No se trata sólo del Seguro Social, Medicare y Medicaid —enormes transferencias de los jóvenes a los ancianos— sino también del mantenimiento diferido de las carreteras, puentes, sistemas de agua y redes eléctricas. La revista Newsweek llama a los jóvenes la “generación defraudada”; yo prefiero la “generación apretada”, que es más suave.
Ya hay una serie de indicadores que describen los daños de la Gran Recesión. En un estudio de Pew del año pasado, la cuarta parte de los jóvenes entre 18 y 34 años expresó que se mudaría de vuelta con sus padres para ahorrar dinero. Buscar trabajo consume mucho tiempo y a menudo es en vano. En julio, la tasa de desempleo entre los de 18 a 29 años fue del 12,7 por ciento. Si se cuenta a la gente que se retiró del mercado laboral, la tasa se eleva al 16,7 por ciento, dice Generation Opportunity, un grupo de incidencia para los jóvenes. Entre los recientes graduados de la escuela secundaria, las tasas de desempleo son casi la mitad para los afroamericanos, un tercio para los hispanos y un cuarto para los blancos, señala el Economic Policy Institute, un centro de investigaciones liberal.
El mercado laboral débil perjudica hasta a los que tienen trabajo. Entre 2007 y 2011, los jornales “reales” (ajustados según la inflación) cayeron casi un 5 por ciento para los recientes graduados universitarios y un 10 por ciento para los recientes graduados de la escuela secundaria, dice el EPI. Entre los graduados universitarios, sólo cuatro de cada 10 dijeron que sus puestos requerían un título de cuatro años, informa una encuesta del John J. Heldrich Center de Rutgers University. Si la economía no se recupera plenamente, la débil demanda laboral continuará deprimiendo el trabajo y los jornales durante años.
Por supuesto, las generalizaciones pueden ser exageradas. A innumerables millones de jóvenes les está yendo —y les irá— bien. No se puede predecir la historia. La jubilación masiva de los baby-boomers podría crear escasez de trabajadores y elevar los jornales. Aún así, algunos reveses perdurarán. Algunas habilidades que se hubieran aprendido en el lugar de trabajo nunca se adquirirán. Se retrasarán decisiones en la vida. El 18 por ciento de los de 18 a 29 años está postergando el matrimonio debido a la economía débil, y el 23 por ciento está retrasando el inicio de una familia, informa un estudio de Generation Opportunity.
Y también están los costes del envejecimiento. Los avances en la productividad —por las nuevas tecnologías o una mejor especialización— que normalmente irían a los cheques de la paga se desviarán hacia los beneficios de los jubilados, a las pensiones de los gobiernos locales y de los estados que cuentan con pocos fondos y a las reparaciones de la infraestructura. Los impuestos aumentarán; si no, los servicios públicos caerán. O ambas cosas. El cambio demográfico no puede evitarse. Se calcula que la proporción de trabajadores a jubilados, 5 a 1 en 1960 y 3 a 1 en 2010, llegará a casi 2 a 1 en 2025.
A menudo se dice que los jóvenes de hoy se beneficiarán, al final, de este sistema de impuestos y transferencias desigual. Cuando ellos sean ancianos serán igualmente subsidiados por sus jóvenes. Es dudoso. Tarde o temprano, los opresivos costes del sistema serán tan obvios que se reducirán los beneficios futuros. Es posible que los jóvenes paguen los costes de los ancianos actuales sin recibir ellos mismos un apoyo comparable.
Como padre, todo esto me pone nervioso. Juzgamos nuestro éxito sobre la base de la prosperidad de nuestros hijos. Los queremos y deseamos que triunfen, aun cuando casi todos reconocemos —en algún momento— que nuestra capacidad de influir sobre ellos y protegerlos ha caducado. Espiando el insondable futuro, no nos gusta lo que creemos ver. Los estamos enviando a un mundo menos seguro y menos próspero. Esta ansiedad de padres, pienso, es el mayor tema no-reconocido de la campaña presidencial. Muchos electores decidirán tratando de calcular qué candidato minimizaría los peligros económicos para sus hijos adultos.
Pero el cálculo será selectivo. Para asistir a los jóvenes, podríamos ajustar el Seguro Social y Medicare, elevando la edad requerida y reduciendo los beneficios para los jubilados ricos. Es poco probable que suceda. Los electores más jóvenes no parecen estar concentrados en defender sus intereses económicos. En 2008, el grupo entre 18 y 29 años apoyó a Barack Obama por un 34 por ciento. Adoran su pseudo-juventud. O su posición en otros asuntos (inmigración, derechos de los gays) predomina sobre la cuestión económica. Como presidente, Obama no ha hecho nada para mejorar la justicia generacional.
Si los jóvenes no se ayudan a sí mismos, sus padres y abuelos podrían hacerlo. Podrían defender la revisión de los programas jubilatorios. Qué esperanza. Los padres y abuelos quizás se preocupen por las perspectivas de sus descendientes, pero no están tan preocupados como para sacrificarse. Existen conflictos reales entre los jóvenes y los viejos; hasta ahora, los jóvenes están perdiendo.
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