Análisis Político

Robert Samuelson

EEUU: El debate sobre la “deslocalización”

En un mundo con pocos puestos de trabajo, sería beneficioso que algunos puestos trasladados en la deslocalización volvieran a Estados Unidos

WASHINGTON. Desde ahora hasta las elecciones, vamos a tener muchas discusiones sobre puestos de trabajo —quién puede o no puede crearlos. Será sumamente confuso. Prueba de ello es este último capítulo: el debate sobre la “subcontratación” (outsourcing) y la “deslocalización” (offshoring). Si se perdieron esta última pelea, he aquí una recapitulación.

El 21 de junio, el Washington Post publicó un artículo cuyo titular expresaba: “Bain Capital, de Romney, invirtió en empresas que trasladaron puestos de trabajo al extranjero”. El artículo implicaba —pero no expresaba explícitamente— que Romney, contrariamente a la retórica de su campaña sobre la creación de trabajo, alentó personalmente a empresas norteamericanas para que trasladaran puestos de trabajo al exterior.

No es de sorprender que la campaña del presidente Obama, menos circunspecta, acusara a Romney exactamente de eso y sacara al aire avisos de TV que repetían la acusación. La campaña de Romney objetó que toda subcontratación ocurrida mientras él estaba en Bain (se fue en 1999) se llevó a cabo con otras operaciones norteamericanas: por ejemplo, una firma que subcontrató sus centros de llamadas a otra empresa con sede en Estados Unidos. Si el trabajo se trasladó al exterior, eso ocurrió después de la partida de Romney. Dos exámenes periodísticos estuvieron de acuerdo.

“No encontramos pruebas para apoyar la aseveración de que Romney —mientras estaba aún dirigiendo Bain Capital—enviara puestos de trabajo norteamericanos al extranjero”, dijo FactCheck.org. La columna de verificación de datos del Washington Post dijo: “Hay poco en el artículo del Post para respaldar el sesgo positivo que le ha conferido la campaña de Obama”. Existe una distinción entre subcontratación (subcontratar trabajo a otra empresa) y deslocalización (trasladar empleos fuera de Estados Unidos).

Mientras tanto, Romney respondió que las políticas económicas de Obama, al hacer que Estados Unidos sea menos “competitivo”, son la causa de que los puestos de trabajo se envíen al exterior.

Pero lo que se perdió en toda esta refriega es perspectiva: ¿en qué medida la deslocalización redujo el crecimiento de las fuentes de trabajo en Estados Unidos? La respuesta es que probablemente, en poca medida.

Consideremos lo siguiente. El Departamento de Trabajo conduce dos importantes estudios laborales: uno, sobre las familias y el otro, de las empresas (el “estudio de la nómina”). Entre 1999 y 2007 –cuando hubo una gran preocupación por la deslocalización— ambos estudios indicaron un gran crecimiento de los puestos de trabajo: 12,6 millones más de puestos, según el estudio de las familias y 8,6 millones más, según la nómina. (Los dos estudios a menudo producen resultados levemente diferentes.) Durante esos años, la tasa de desempleo promedió un 4,9 por ciento.

Comparado con la actual tasa de desempleo del 8,2 por ciento y el débil crecimiento de los puestos de trabajo, son cifras admirables. ¿Por qué no tuvo la deslocalización un efecto mayor?

No es que la deslocalización sea un mito. Nadie sabe su alcance total, porque las cifras integrales de empleo para el comercio internacional y los flujos de dinero no existen. Pero hay cálculos aproximados para ciertos aspectos. El enorme déficit comercial de Estados Unidos con China podría haber costado 2,8 millones de puestos norteamericanos entre 2001 y 2010, expresa Robert Scott, del Economic Policy Institute, un centro de investigaciones liberal. (El cálculo cuenta los puestos de trabajo creados por las exportaciones y resta los puestos perdidos por las importaciones).

Aunque es una cantidad alzada, la pérdida en cada año en particular sería modesta, e incluso el total representa sólo un 2 por ciento de todos los puestos norteamericanos de la nómina (129,8 millones en 2010). Además, la deslocalización no es totalmente negativa para el empleo en Estados Unidos. Las importaciones baratas podrían haber fortalecido el crecimiento económico —y la creación de puestos de trabajo— al mantener la inflación baja y aumentar tanto el poder adquisitivo del consumidor como las ganancias de las empresas.

El punto mayor es que estos desarrollos en la economía interna, para bien o para mal, aún dominan la expansión y contracción de los puestos de trabajo. El auge de la vivienda, los préstamos al consumidor y el optimismo de las empresas propulsaron la economía y el crecimiento de los puestos de trabajo antes de 2008; y la crisis financiera, el colapso de la vivienda y las enormes pérdidas en la riqueza familiar deprimieron los gastos y condujeron a enormes despidos y mucha cautela en la contratación.

En un mundo con pocos puestos de trabajo, sería beneficioso que algunos puestos trasladados en la deslocalización volvieran a Estados Unidos. Algunos observadores piensan que eso es lo que ocurrirá. En un reciente informe, el Boston Consulting Group (BCG), una conocida firma de asesoramiento administrativo, predijo que el aumento de los jornales en China sería la causa de que algunas empresas trasladaran la producción a Estados Unidos. BCG estima que se crearían entre 2 y 3 millones de puestos en Estados Unidos para fines de esta década. Si este pronóstico —muy controvertido— fuera cierto, el avance ocurriría gradualmente.

La deslocalización es un poderoso símbolo político, porque parece poco patriótica (ayudar a los extranjeros a expensas de los norteamericano) y despiadada (priorizar las ganancias sobre la gente). Pero la economía y la política son cosas diferentes. El éxito o fracaso del próximo presidente en la reducción del desempleo dependerá de la medida en que sus políticas inciten a los norteamericanos a consumir, contratar y deshacerse del actual pesimismo. Ése debe ser el foco de nuestra atención y del debate nacional.

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