Ojalá y el huracán de la campaña no estimule la percepción de que Venezuela tiene un régimen político de carácter democrático. Porque no es así.
Y no lo es, aunque sean muchos los que erróneamente piensen y sostengan que sí vivimos en un sistema de gobierno “más o menos” democrático. Recordemos que el gran Manuel Caballero solía decir que si bien el régimen de Chávez no era democrático, ello no implicaba que la sociedad venezolana también hubiera dejado de serlo.
La nación, en general, es democrática pero el Estado bolivarista, no. Por eso han tenido que montar una neo-dictadura, o una dictadura disfrazada de democracia, con la que han estafado y estafan a millones de personas, seguramente reforzados por el caudaloso chorro de petrodólares.
Y el tema viene a cuento, no por razones conceptuales. No. Sino por motivaciones muy prácticas. Una neo-dictadura, a diferencia de su parienta o la dictadura crasa o convencional, utiliza las instituciones electorales para tratar de legitimar su imagen de democracia. Promueve comicios y referendos, pero eso sí, sometidos a un férreo control que busca condicionar los resultados.
Y cuando éstos le son desfavorables, o sea cuando la voluntad popular logra superar todas las barricadas y al CNE no le queda más remedio que extender el certificado, entonces la neo-dictadura se dedica a seguir pisoteando la Constitución para desconocer los efectos políticos de esos resultados, y contrabandear la reforma constitucional, por ejemplo, o depredar de facultades a las gobernaciones y alcaldías opositoras, o malandrear la legalidad para anular la Asamblea parlamentaria.
Así procede el régimen continuista y además usando y abusando de todos los recursos públicos –sobre todo los dinerarios, en función de condicionar los resultados, incluyendo el chantaje electoral. Todo lo cual sería inadmisible en un sistema de gobierno que siquiera fuera “más o menos democrático”.
Razón por la cual, el objetivo central de la campaña nacional del candidato Capriles, debería ser el cambio de gobierno y también el cambio de régimen, para que lo segundo permita sostener y afianzar lo primero.
A veces, y en verdad, muchas veces, se cae en la tentación de valorar el presente venezolano como si éste fuera una prolongación enturbiada –pero prolongación al fin—de la democracia venezolana del siglo XX. Una valoración que no tiene asidero en la historia venezolana o en la ciencia política, y que por tanto ha probado ser perjudicial a la hora de encontrar los caminos para superar la hegemonía imperante.
Las coordenadas y variables que podían funcionar electoralmente en aquel largo período democrático, hoy en día pueden ser insuficientes y hasta inservibles para encarar a la neo-dictadura, y no sólo en términos de sacar más votos en un conteo sino en el de producir una transformación sustancial, esto es, democrática, del sistema de gobierno político, económico y social.
Por ello, el huracán de la campaña de Capriles necesita de todo el ímpetu y de toda la fuerza que la sociedad venezolana sea capaz de proporcionar, pero sin perder de vista que el macroclima, a pesar de algunas apariencias, no es democrático.
FERNANDO EGAÑA – Código Venezuela |@ElPoliticoWeb





