La ceguera del disidente chino Chen Guangchen no le impide tener una clara visión de los atropellos que el gobierno de su país comete contra los derechos humanos. Desde hace años este joven con conocimientos de derecho ha denunciado la práctica de abortos y esterilizaciones forzadas. Sus protestas le han valido a él y a su familia arresto domiciliario y los abusos de guardianes apostados día y noche en su humilde vivienda, situada en la provincia de Shandong. Tanto ha sido el cerco, que ni siquiera personalidades como el actor Christian Bale podían acercarse sin recibir amenazas físicas de sus cancerberos.
Sin embargo, la vida de Guangchen dio un giro dramático cuando recientemente un grupo de activistas chinos consiguió burlar la vigilancia y trasladó al disidente hasta la embajada de Estados Unidos en Pekín. Se trató de un ingenioso operativo digno de un filme de Hollywood, que dejó en ridículo a la policía política y puso en aprietos a la diplomacia norteamericana. Desde su escondite, Guangchen manifestó su temor de que el gobierno tomase represalias contra su familia. Valiéndose de sus escasos conocimientos del inglés, el opositor transmitió la imperiosa necesidad de que se le protegiese de las manipulaciones y mentiras de una dictadura que permite el comercio pero no la libre circulación de ideas.
La crisis diplomática estalló pocos días antes de que Hillary Rodham Clinton llegase a Pekín y se notó la premura de sus delegados por solucionar sus diferencias con el régimen chino, antes de garantizar la seguridad de Guangchen, su esposa y sus dos hijos. En medio de informaciones contradictorias, el activista abandonó su santuario y fue ingresado en un hospital para someterse a una revisión médica. Una vez instalado en el entorno de sus guardianes, se dificultó su comunicación con el mundo. Increíblemente, los americanos no se aseguraron de tener acceso al centro hospitalario. Sencillamente confiaron en la palabra de un sistema despótico que, como sucede en Cuba, siempre ha dejado claro que la calle es suya y no de la voluntad popular.
Chen Guangchen, que conoce mucho mejor la naturaleza perversa del gobierno chino que el propio aparato de inteligencia de Estados Unidos, en todo momento ha propiciado la comunicación con el exterior para llamar la atención mundial, antes de que su caso pierda interés en los medios de comunicación o la secretaria de Estado Clinton tenga asuntos más importantes que resolver. El disidente sabe que libra una batalla contrarreloj y debe aprovechar los 15 minutos de fama warholianos para dar el salto al extranjero que le pondría a salvo.
Ojalá que Guangchen y su familia logren establecerse en Estados Unidos y escapar del calvario de las persecuciones, los encierros y los malos tratos. Si así fuere, dejarían atrás a un puñado de activistas que han tenido la valentía de arriesgar sus vidas para salvar a un opositor. Y no cabe duda de que el régimen chino, indignado por la osadía de estos disidentes, tarde o temprano los castigará.
Puede que la historia de Chen Guangchen tenga un final feliz, pero el drama de la oposición democrática china continúa desde los calabozos donde se pudren muchos en el presidio político. La ingenuidad de Estados Unidos en todo este affaire es la prueba de que en Occidente no tenemos las defensas necesarias a la hora de enfrentarnos a los enemigos de la libertad. A veces los ciegos nos tienen que indicar el camino.
GINA MONTANER – Firmas Press |© Firmas Press |@ginamontaner |@ElPoliticoWeb





