De acuerdo a la literatura de estrategia electoral, hay varios elementos con los que se puede ganar (o perder) un debate. Uno de ellos es el “factor sorpresa”. Para que haya cambios en las intenciones de voto, la gente tiene que recibir nueva información. Si los candidatos se comportan como siempre, de acuerdo a las expectativas existentes, pues no hay nueva información que procesar y, por tanto, nada cambia. Si por el contrario uno de los candidatos sorprende, los efectos pueden ser determinantes.
Recordemos, por ejemplo, la gran sorpresa que fue Diego Fernández de Cevallos en el debate presidencial de 1994. En ese momento el panista ocupaba el tercer lugar en las encuestas. Duro y crítico, en lugar de centrar sus ataques en contra del puntero (el priista Ernesto Zedillo), se lanzó fundamentalmente a atacar al candidato que ocupaba el segundo lugar en las intenciones de voto, Cuauhtémoc Cárdenas, político considerado como intocable por su origen familiar y estatura moral en la democratización del país.
El perredista, por supuesto, no esperaba el ataque y trastabilló. La estrategia resultó exitosa: el Jefe Diego se posicionó como un político echado para adelante y subió al segundo lugar de las preferencias con posibilidades, incluso, de alcanzar al puntero. Luego, por razones inexplicables que han concitado todo tipo de sospechas, Fernández de Cevallos bajó el perfil de su campaña, lo que le impidió asirse del primer lugar.
Otro ejemplo del factor sorpresa, en este caso para mal, fue Francisco Labastida en el debate de 2000 al acusar a Vicente Fox de que lo insultaba públicamente. El priista, en lugar de presentarse como el candidato del todopoderoso partido hegemónico, apareció como un infante que acude a las autoridades de la escuela para denunciar al chiquillo travieso que lo maltrata. El panista, raudo y veloz, le reviró con una frase lapidaria: a él lo grosero podría quitársele en el futuro, pero a los priistas nunca se les quitaría lo corrupto. Así, un panista lenguaraz y vivaracho mandó a la lona a un priista sorprendentemente infantil y endeble. Labastida cayó en las encuestas y Fox subió.
¿Habrá sorpresas en el debate del 6 de mayo? El que podría darla es Peña. Como del priista se espera poco, gracias a la imagen de ser un candidato que no sabe ni debatir ni improvisar, es entonces el que tiene un mayor margen para sorprender. Le puede ocurrir como a Bush hijo en la elección estadunidense de 2000. Todos sabían que era malo para el debate y que el vicepresidente Gore, un excelente polemista, lo haría trizas frente a la nación. Ante las bajas expectativas que se tenían de él, Bush se defendió razonablemente bien, sorprendió y salió mucho mejor de lo que se esperaba.
Ron Faucheux, uno de los veteranos consultores electorales en Estados Unidos, dice que “encontrarse con los opositores en un debate puede ser la cosa más aterradora para un candidato político. Los que tienen experiencia en campaña, así como los nuevos, usualmente tiemblan antes de entrar al estudio del debate. El miedo a ser sorprendido con un ataque inesperado o a ser golpeado con una pregunta de la que no se sabe la respuesta, desata las mariposas en el estómago de los combatientes más rudos”.
La mejor manera de evitar sorpresas y minimizar el miedo natural de los debates es, como bien recomienda el propio Faucheux, preparándose para ellos. Estoy seguro de que Peña y su equipo se prepararán muchísimo para el debate. No dejarán cabos sueltos. Lo mismo tendrán que hacer Vázquez Mota y López Obrador, quienes tienen una oportunidad única para atacar a Peña, hacerlo caer en un error y cambiar la percepción de que “este arroz ya se coció”, es decir, que la elección presidencial ya está definida.
LEO ZUCKERMANN – Excélsior (México) |@leozuckermann |@ElPoliticoWeb





