El otro día me llegó un correo electrónico con un asunto que no pude ignorar. Era del economista petrolero Phil Verleger, y decía: “¿Debería Estados Unidos unirse a la OPEP?”. Lo tuve que abrir.
El mensaje básico de Verleger era que el debate de la derecha que se ha estado dando otra vez, sobre quién es responsable por los precios más altos del petróleo, no toca, fundamentalmente, los grandes cambios que ha habido en la producción energética de Estados Unidos, los cuales nos hacen volver a ser un importante productor de petróleo y gas –y exportador potencial– con un interés en precios del petróleo razonablemente altos, pero estables.
Desde una dirección, dice, vemos el impacto que tuvo el establecimiento del mandato sobre etanol del expresidente George W. Bush, por el cual se establecieron cantidades fijas de biocombustibles para usarse en la gasolina. Cuando esto se combina con un mejor rendimiento de los combustibles en los vehículos –en julio, la industria automotriz acordó lograr promedios por flotilla de más de 50 millas por galón para 2025–, inevitablemente, ello hará bajar la demanda de gasolina y creará un excedente de crudo para exportación. Además de eso, dice Verleger, “el incremento en la producción petrolera de los yacimientos en mar abierto y fuentes no convencionales en Estados Unidos”, y ese excedente estadounidense exportable podría aumentar muchísimo más.
Luego, hay que agregar los descubrimientos recientes de depósitos de gas natural por todo Estados Unidos, que nos permitirán sustituir el carbón con gas en las plantas de electricidad y convertirnos también en exportador de gas natural. Se une todo, dice Verleger, y se puede ver por qué Estados Unidos “querrá considerar unirse a los otros países exportadores de energía, como los de la OPEP, para sostener altos los precios del petróleo. Tal esfuerzo apoyaría la producción interna de petróleo y gas, y daría a Estados Unidos una ventaja competitiva real sobre países obligados a pagar altos precios por la energía importada; países como China, miembros de la Unión Europea y Japón”.
En efecto, Bloomberg News informó la semana pasada que “es lo más cerca que ha estado Estados Unidos de lograr la autosuficiencia energética en casi 20 años. La producción petrolera interna es la más alta en ocho años. Estados Unidos produce tanto gas natural que, donde el gobierno advirtió hace cuatro años de una necesidad crítica para incrementar las importaciones, es posible que ahora apruebe una terminal para exportaciones”. Como resultado, “Estados Unidos revirtió el descenso de dos décadas de duración en la independencia energética, incrementando la proporción de la demanda satisfecha con fuentes internas en los últimos seis años a aproximadamente 81% en los primeros diez meses del 2011”. Esta transformación podría hacer que Estados Unidos fuera el principal productor de energía para el 2020, recaudara más ingresos fiscales, nos liberara de preocuparnos por Oriente Próximo, y, si somos inteligentes, construyéramos un puente hacia un futuro de energía mucho más limpia.
Todo ello son buenas noticias, pero se hará realidad a escala solo si estos recursos petroleros y gaseros se pueden extraer en una forma ambientalmente sustentable. Se puede hacer bien, pero necesitamos que los ambientalistas, y las industrias petrolera y gasera sellen un pacto, ahora.
Hal Harvey, experto independiente en energía, dice: “Las compañías gaseras y petroleras necesitan decidir: quieren pelear una guerra sangrienta y dolorosa de desgaste con las comunidades locales o tomar la delantera en el establecimiento de altos estándares ambientales” –particularmente para la “fractura hidráulica”, el proceso utilizado para extraer gas de todos estos depósitos nuevos– “y, luego, estar a la altura”.
Estándares ambientales más altos pueden costar más, pero solo en forma incremental, si acaso, y harán más seguros a la industria y al ambiente. En el caso del gas natural, necesitamos los estándares más altos para limpiar el suelo al que se devasta con la extracción del gas, así como para prevenir que se filtre gas hacia los acuíferos o la atmósfera. Sí, “generar electricidad con valor de un kilovatio-hora con una turbina a gas natural emite solo cerca de la mitad del CO2 que una planta de carbón”, dice Harvey, es grandioso. “Pero una molécula de gas filtrado contribuye tanto al calentamiento mundial como 25 moléculas de gas quemado. Eso significa que un sistema de exploración, extracción, compresión, entubación y quemado de gas natural que filtra siquiera 2,5%, es tan malo como el carbón”.
Por tanto, las reglas de Harvey para el gas natural son: no permitir sistemas con goteras; tener estándares firmes para la perforación de pozos y la entubación; no contaminar el paisaje con agua salobre o tóxica generada por la fractura hidráulica; y perforar solo donde es razonable.
Yo agregaría otra regla para el petróleo crudo. A nadie le gusta los precios del petróleo más altos. Sin embargo, –perversamente– los precios altos benefician a Estados Unidos a medida que rápidamente nos convertimos en un productor de petróleo más grande y asegura que las inversiones seguirán fluyendo hacia coches y camiones energéticamente eficientes. Si fuéramos inteligentes, estableceríamos hoy un precio piso para cualquier barril de petróleo crudo o galón de gasolina vendido o importado en Estados Unidos –y gravar cualquier cosa por debajo–. Un precio piso suficientemente alto y estable sirve al ambiente, a nuestra inversión en tecnología y a nuestra productividad energética. A medida que tengan éxito nuestros productores, nos volveremos cada vez más autosuficientes energéticamente, conservaremos muchísimos más dólares en el país para nuestra hacienda pública, estimularemos la innovación en renovables y haremos bajar el precio mundial del petróleo, que es la única fuente que sostiene a Irán y otros petrodictadores.
Sin embargo, todo esto depende de un entendimiento entre la industria petrolera y los ambientalistas. Si el presidente Barack Obama pudiera sacarlo adelante sería una enorme contribución a la seguridad, la economía y el ambiente de Estados Unidos.
© 2012 New York Times News Service







