En abril de 1982 el ejército Argentino desembarca en las Malvinas, reclamando soberanía sobre todo el archipiélago, ocupado por el Reino Unido desde 1833. Fue la primera vez que escuche hablar de guerra. En casa, entre familiares y amigos, rápidamente iniciamos colectas de víveres, medicamentos, dinero y lo enviábamos a la Argentina por medio del Consulado en Santa Cruz – Bolivia.
Todo el continente sur se volcó hacia la causa: “Las Malvinas son Argentinas”. Por dos meses todos éramos argentinos. Y las Malvinas también eran nuestras. (El caso Chile y su posición en 1982, no está en análisis en este artículo).
Este acontecimiento probablemente, contribuyo a forjar una identidad sudamericana, fuimos capaces de olvidar las victorias y las derrotas en el intento de la consolidación de los países y revivimos un imaginario colectivo que permaneció olvidado hasta entonces, la patria grande tenia por fin un reencuentro.
Hoy por hoy, nuevamente la tensión entre Argentina y el Reino Unido, han concentrado la atención de los países del sur, y nuevamente el bloque regional asume la misma posición. Ante un pedido argentino al Mercosur para que no ingresen a sus puertos ningún barco con bandera de las “Falklands”. Los gobiernos de Brasil, Bolivia, Chile y Uruguay, respaldaron la posición y el pedido de la casa Rosada.
Las razones de la tensión son las mismas que hace 30 años, la soberanía sobre las islas australes, evidentemente que las justificaciones son diferentes, ya no se trata de sostener el gobierno de la junta militar de Galtieri y compañía, hoy se imponen las razones económicas, la riqueza petrolera y su soberanía.
Pero lo destacable de esta situación es el altruismo sudamericano, que emociona y conmueve tanto hoy como ayer. La tenacidad de los gobiernos del sur por el principio de soberanía, me ponen optimista con el futuro de la región. Esa defensa intransigente de los “principios” es sin lugar a dudas el liderazgo que le he reclamado para Latinoamérica.
Del mismo modo como se aglutinan voluntades y políticas de estado para la resguardo de “nuestras Malvinas”, los gobiernos beben proteger celosamente otros principios igualmente trascendentes. La democracia y la libertad que hoy se encuentran proscritas en varios de nuestros países.
Lo que reclamo es la misma acción rápida, unitaria y contundente de los gobiernos, para la protección de los principios democráticos, queda claro que una carta interamericana no ha sido suficiente para desterrar de nuestro continente las violaciones a los derechos humanos, civiles y políticos, que algunos gobiernos regionales vulneran de forma sistemática.
Acudimos a encuentros regionales y permitimos que dictadores modifiquen la agenda. Consentimos que algunos países traigan a la región relaciones peligrosas para la estabilidad mundial. Participamos de tomas de mando, producto de dudosos procesos electorales. Contemplamos pacientemente violaciones constitucionales. Ignoramos lo que es humanamente imperioso proteger, la vida y libertad de muchos ciudadanos. Y todo ello, solo para preservar una consigna equivocada, la no intervención en la política interna.
¿Pero la adopción de una posición sobre cualquier territorio de cualquier país, no es de alguna manera intervenir en la política de ese país? América Latina para ser grande, debe tomar como ejemplo la posición sobre las Malvinas, y sobre los principios y no sobre consignas construir su futuro.





