WASHINGTON – La nueva sabiduría convencional sobre el 11/9: hemos creado una década de miedo. Nosotros sobrerreaccionamos al 11/9 —Al Qaeda se convirtió en una caricatura; no hubo un segundo ataque—, arruinando al país, destruyendo nuestra moral y dejándonos en medio de una decadencia nacional.
El Secretario de Defensa sostiene que Al Qaeda está al borde de la derrota estratégica. Cierto. Pero ¿por qué? Al Qaeda no ha colapsado por sí sola. Durante un década, Osama Bin Laden se convirtió en una figura central del Islamismo radical, después de que los seguidores del héroe yihadista lo vieran ante el mundo musulmán —en un deprimente y viejo escondite, casi incomunicado, viéndose a sí mismo en un barato televisor instalado en una habitación desprovista de todo.
¿Qué convirtió al poderoso caballo en un débil potrillo? Precisamente la masiva e inexorable guerra estadounidense contra el terrorismo, una sistemática campaña mundial ejecutada con la máxima sofisticación, la eficiencia y la letalidad —ahora tan lamentablemente denigrada a la categoría de “reacción exagerada”.
Primero fue la campaña afgana, admitiendo universalmente que durante años los demócratas denunciaron que el Presidente Bush no había invertido suficiente sangre y capital en Afganistán. Esto quedó reducido a un simple tema de conversación, al asunto de “las dos guerras” que nos llevaron a la bancarrota.
Pero Afganistán ha sido absolutamente indispensable para derrotar a los yihadistas entonces y ahora. Pensamos que Pakistán es terrorista. Logramos ver que Afganistán es “nuestro refugio”, el motivo por el que tenemos libertad de acción para asestar un golpe al corazón de la Yihad en Pakistán y a las regiones fronterizas.
Irak también fue determinante, aunque no en la forma en que pretendíamos. No la elegimos más que por ser la campaña central en la trituración de Al Qaeda (algo similar a la que Eisenhower llamó Batalla de las Ardenas, necesaria para la destrucción definitiva de la máquina de guerra alemana).
Al Qaeda, que no fue invitado, salió a luchar contra nosotros en Irak, y no sólo salió derrotado, sino también humillado. La población local —árabe, musulmana y sunita, y subyugada por el invasor— se unió a los infieles y se levantó contra los yihadistas en su terreno. Fue una derrota singular de la cual nunca se recuperó Al Qaeda.
El otro gran logro de la década fue el aparato antiterrorista defensivo construido improvisada y apresuradamente después del 11/9 por el Presidente Bush, tarea que luego continuó el Presidente Obama. ¿Por qué lo continuó? Porque funcionó. Nos mantuvo bajo seguridad —las garantías, la Ley Patriótica, la rendición extraordinaria, la detención preventiva y, sí, Guantánamo.
Quizás, dice la sabiduría convencional de hoy, estos esfuerzos han conducido al país a la bancarrota y nos está dejando en la incertidumbre, desesperación y decadencia.
Tonterías. Los costos totales de “las dos guerras” es de 1,3 billones de dólares. Eso es menos de una onceava parte de la deuda nacional, menos de un año de gasto deficitario de Obama. Durante los dorados años 50 de Eisenhower, la robusta economía estadounidense experimentó un sólido crecimiento anual de aproximadamente 5%, el gasto en defensa fue 11% del PIB y 60% del presupuesto federal. Hoy, el gasto en defensa es 5% del PIB y 20% del presupuesto. Demasiado para una estrecha economía.
Sí, nos estamos acercando a la quiebra. Pero esto no solo tiene que ver con la guerra contra el terrorismo. La Inminente insolvencia no solo viene de nuestro contraído presupuesto para la defensa, sino también de la explosión de las prestaciones, que devoran casi la mitad del presupuesto federal.
La gran recesión y el colapso financiero se pueden atribuir a la equivocada política federal que ha promovido la adquisición de viviendas a través de préstamos hipotecarios de alto riesgo. Para Fannie y Freddie. Para banqueros codiciosos, prestamistas sin escrúpulos y compradores ingenuos (y voraces). ¿Pero la guerra contra el terrorismo? Tonterías.
El 11/9 fue nuestro Pearl Harbor. Esta vez, sin embargo, el enemigo no tenía dirección de domicilio. No fue Tokio. Por eso la actual guerra no podía ser resuelta en apenas cuatro años. Fue una guerra no convencional por un enemigo no convencional, incrustada en una comunidad religiosa mundial. Después de una década, y en gran medida desarmados y derrotados, hemos desarrollado los medios para continuar luchando por el país y reducir los costos en la medida de lo posible. Este es un logro histórico.
Nuestras dificultades actuales y el sombrío panorama son, en principio, casi exclusivamente económicos; son el fruto amargo de equivocadas políticas monetarias y fiscales, estrategias que nada tenían que ver con 11/9. La desmoralización actual de Estados Unidos no es el resultado de la guerra contra el terrorismo. Por el contrario. El desprecio por la guerra contra el terrorismo es el resultado de nuestra actual desmoralización.
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